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Lo suyo era el género sinfónico. El fragor orquestal que, en complejas armonías y acordes imposibles, conseguía imitar el sonido de un gran órgano de instrumentos con sucesivas voces y contrapuntos infinitos. Nunca se imaginó que podría aportar su visión particular a la música de cámara. Entonces compuso el Quinteto en Fa mayor.
Anton Bruckner vivió siempre entre la espada y la pared. Poco fue el éxito que conoció en vida, pese a que su música se convertiría en la cúspide más alta de la tradición sinfónica europea. Incluso hoy, Bruckner, el mayor sinfonista de todos los tiempos, es un completo desconocido para el gran público. Su quinteto es una rara avis dentro de su producción. Para muchos, su única obra de cámara. Y pese a que posiblemente él mismo lo catalogase como un «mero ejercicio compositivo» más que como una obra de catálogo, su calidad musical es indiscutible. La crítica, como solía hacer casi siempre, sajó cuchillo en mano cualquier atisbo de excelencia que dicho quinteto pudiera tener. Sin embargo, el siglo XX enfocó su atención en esta particular composición y fueron muchos los intérpretes y compositores que no solo la interpretaron, sino que, además, se aventuraron a ampliar y arreglar la obra para agrupaciones más grandes hasta llegar a su estado natural: la orquesta sinfónica. En esta ocasión, Christian Zacharias, como buen homo universalis, colorea y dirige el arreglo orquestal de este quinteto que, seguramente, entre los finos surcos del cráneo de Bruckner, sonaría con el ímpetu de las trompas, el fulgor de los timbales, las líneas imaginarias de los violines y el sonido tubular de los clarinetes. Bruckner no tuvo hermanos que llevaran su apellido a la alfombra roja de la música clásica. Sin embargo, Michael Haydn tuvo que vivir a la sombra de su hermano Joseph. Incluso el tiempo llegó a borrarlo del mapa haciendo que el apellido Haydn perteneciera exclusivamente al primogénito. Su Réquiem respira un mito que ya cumplió Mozart años antes. Nunca lo llegó a terminar y, para cuando podría haberlo escuchado, yacía frío y pálido en un ataúd que celebraba su vida eterna. Un réquiem contemplativo, ilustrado, con una orquesta con montura de bronce y riendas bien atadas, permitiendo a las voces solistas narrar su ascenso a los cielos.
Texto: Nacho Castellanos
Foto: Constance Zacharias